Zohran Mamdani: la política del siglo XXI ya llegó, y lo hizo caminando por Manhattan

Por Edson Báez
Esta noche (4 de noviembre de 2025), Nueva York confirmó algo que el resto del mundo político lleva tiempo negando: hay una nueva forma de hacer campañas. Zohran Mamdani ganó la alcaldía de la ciudad más mediática del planeta sin padrinos, sin grandes donantes y, sobre todo, sin miedo a parecer distinto. Fue el primero musulmán, el más joven en un siglo, y el único que logró que su equipo pareciera más un colectivo cultural que un comité de campaña.
Mamdani empezó con apenas 1 % de conocimiento en febrero, y los expertos lo descartaron rápido: “Demasiado radical”, “demasiado joven”, “demasiado poco político”. Pero ahí estaba el truco: mientras los demás ajustaban discursos para agradar al centro, él se dedicó a construir comunidad, a tejer lealtades desde lo local. Donde otros veían un mapa electoral, Mamdani veía un mapa emocional.

Su fórmula fue simple pero precisa: territorio y digital, no uno o el otro. En los barrios del Bronx y Queens —donde los anuncios tradicionales ni se leen— montó brigadas de caminatas, charlas con jóvenes, colectivos multiculturales. No eran mítines, eran conversaciones. Mientras tanto, en redes sociales, su equipo operaba como si fueran guionistas de una serie: videos en distintos idiomas, contenido ligero, divertido, con el toque de humor suficiente para romper el algoritmo. Un día aparecía comiendo pizza en Harlem; otro, entrevistando a una abuela dominicana sobre transporte público. Todo era real, espontáneo, sin el filtro del político ensayado.
La estrategia digital fue una clase de precisión quirúrgica. Videos de veinte segundos, memes creados por los propios seguidores, lives nocturnos desde estaciones del metro y, sobre todo, autenticidad. Nada de slogans enlatados ni fondos perfectos. Mamdani no buscaba likes: buscaba conversación. Y la consiguió. Cada video, cada publicación, estaba diseñada para decir algo más profundo: “soy uno de ustedes”.
En territorio, su equipo replicó esa lógica. En vez de gastar en espectaculares, invirtieron en voluntarios. Mientras otros imprimían lonas, ellos imprimían playeras. Mientras otros repartían volantes, ellos repartían historias. Su campaña no se trató de “convencer”, sino de “incluir”. De hecho, la gran diferencia estuvo en quién hablaba de él: líderes comunitarios, jóvenes activistas, comerciantes locales… todos repitiendo, sin libreto, lo mismo: que este tipo sí los escuchaba.
Los números acompañaron el relato. A mediados de octubre, Mamdani ya aparecía empatado con el favorito, Andrew Cuomo, en 42 %. Y una semana antes de la elección, la encuesta de The Guardian le daba un punto de ventaja, dentro del margen de error. Pero lo que la encuesta no medía era el ánimo, ese intangible que se siente en la calle. Las últimas 48 horas fueron un carnaval político: miles caminando Manhattan con él, literalmente. Trece millas, cámara en mano, hablando de transporte público, vivienda y dignidad.
La victoria fue el cierre lógico de una campaña que entendió mejor que nadie que hoy la política es conversación, no espectáculo. Mamdani no vendió promesas, vendió pertenencia. Su lema, “A city that works for everyone”, se volvió algo más que un slogan: fue un espejo donde muchos neoyorquinos se vieron por primera vez incluidos.
Y si hay algo que esta elección deja claro es que la política del futuro no será la de los discursos de una hora ni la de las fotos perfectas. Será la de las caminatas, los videos grabados en vertical y los mensajes que suenan a verdad. Las audiencias ya no premian al que grita más fuerte, sino al que escucha mejor.
Mamdani ganó porque entendió que las redes no votan, pero las comunidades que las habitan sí. Ganó porque supo que un meme puede abrir una conversación, pero que sólo la cercanía sostenida la convierte en acción. Ganó porque en un mundo saturado de políticos digitales, él se atrevió a ser humano.
Su triunfo no es sólo un cambio de alcalde. Es una señal global: las campañas que mezclan corazón, territorio y coherencia son las que marcan época. Lo digital sin alma se pierde; lo territorial sin narrativa se apaga. Mamdani encontró el punto exacto.
Y quizá por eso, cuando subió al escenario con su equipo y levantó el puño, no gritó victoria. Dijo algo más simple: “Gracias por caminar conmigo”. En un mundo donde todos corren para ganar, él entendió que el liderazgo verdadero —como la política que importa— se construye paso a paso.
