Crónica de una derrota electoral

Por Edson Báez
Una de las aptitudes más importantes en este trabajo es saber perder.
Uno no siempre está preparado para ser señalado como el responsable de la derrota. Prefiere pensar que la derrota le pertenece a varios. En este trabajo uno le puede echar la culpa a todo lo que se mueve:
Al candidato. A los cercanos al candidato. A los operadores. Al adversario. A la gente que sale a votar y a la que no sale. A los encuestadores. Al momento. Al partido. Al árbitro. Al miedo. A la esperanza. Al dinero. A la falta de dinero.
Todo puede ser culpable de una derrota.
Pero al final, internamente, uno sabe la verdad: fui yo. Fue lo que pensé, lo que decidí, lo que vi, lo que creí. La culpa nunca es del todo de uno, pero sí.
Yo eché todas esas culpas. Con el tiempo me fui dando cuenta de los errores propios. De que lo que dependía de mí también falló. Duele aún pensarlo.
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La historia que les traigo más que una derrota, fue un aprendizaje de esos que dejan marca.
Era 2024. Un gran amigo me habló para invitarme a trabajar en su campaña a la presidencia municipal de Solidaridad. Ya teníamos una experiencia juntos y yo lo veía como la oportunidad ideal para demostrar que sabíamos hacer las cosas.
La cosa era simple: presupuesto básicamente nulo, sin estructura territorial, poco apoyo del partido e improvisación diaria. Entendíamos cuáles eran nuestros objetivos más reales y hacia allá apuntamos.
Eso sí, si algo hicimos a un lado fue el miedo. Nos lanzamos sin saber a dónde nos llevaba la caída.
Dolió.
Había dos candidatas fuertes: la que buscaba la reelección por PAN-PRI y la principal contendiente por Morena. Después, otros tres candidatos que apenas la pintaban. Entre ellos, nosotros.
Nuestro partido traía inercia nacional. Por ahí nos clavamos. Nos adecuamos a su discurso, novedad, frescura, ciudadanía. Sabíamos que esto era una elección nacional disfrazada de municipal. También se votaba por la presidencia del país.
Bajo esa premisa, lo que teníamos que hacer resultaba obvio: pegar, golpear, patalear, discutir; adecuándonos al discurso nacional. Vestirnos de la única opción ciudadana viable. Una tercera fuerza que consolidara a los votantes que se iban a salir del enfrentamiento entre las dos punteras.
Por ahí nos fuimos.
Tuvimos un par de dudas que nunca resolvimos.
¿Pegarle a la futura presidenta municipal? ¿Atacar por ambos lados sin acordar nada? Esa ambivalencia nos costó. En una contienda cerrada hay que definir a quién le puedes quitar votos y a quién no le haces daño ni aunque quieras, a quién le pegas y a quién cuidas, para que no exista un costo político que no puedas pagar. Ese fue nuestro error más grave.
Nunca logramos definir. Nunca.
Nuestra campaña proponía, pero no contrastaba. Nos quedamos sin argumentos de peso cuando más los necesitábamos.
En territorio nos fue peor. No logramos concretar nada. Olvidamos a nuestros votantes del pasado e intentamos generar nuevas comunidades desde cero. No funcionó. La gente ya estaba comprometida con otros proyectos. Nosotros no teníamos cómo moverla, nuestro único recurso eran nuestros argumentos, ahora endebles.
Lo que sí había eran ganas. Eso no se lo quito a nadie.
La planilla se fajó diario, saliendo a caminar, tocando puertas, escuchando, repartiendo volantes. Un excelente equipo al que siento que le fallé estratégicamente.
Y algo que también es verdad: las punteras nos tuvieron miedo algunas veces. Se sentaron con el candidato porque nos veían con opción de crecimiento, porque creían que podíamos hacer daño. Un par de veces lo hicimos. Golpeamos directo y nos voltearon a ver.
Pero no fue suficiente.
Al final perdimos. Ganó Morena.
En Quintana Roo se necesita cierto porcentaje de votos para obtener una regiduría en el Cabildo. No llegamos. Nos faltó poco. Aun así, fue un sufrimiento.
Hay dos cosas que me reclamo con frecuencia de esa campaña.
Que en nuestra visión estratégica nos faltó reconocer cosas que no quisimos ver. Y que me faltó dureza y hambre a la hora de enfrentar la contienda, a los contrarios y a los propios.
Esa derrota todavía está presente. Me recuerda que la estrategia sin definición es solo intención. Que el contraste no es opcional. Que el territorio no se improvisa. Y que la dureza, en este trabajo, no es un defecto de carácter, es una obligación profesional.
Las derrotas que duran son las que enseñan.
